Este año ha comenzado mal para los pseudo-intelectualoides "nostros-decidimos-lo-que-está-bien" gafapasters: El día 12 de enero se estrenó la quinta secuela de "Rocky", uséase, "Rocky Balboa". Y aunque ya empezábamos a temer lo peor (la toma de los cines por parte de una abrumadora invasión de películas insultantemente orientadas al terreno gafapaster), me congratulo a la hora de decir que no, queridos amigos, no... La inmensa mayoría del público sigue prefiriendo ver una buena tolfa de hostias que endulce su amargo y corto domingo por la tarde, lo que significa que "Rocky Balboa" se convirtió en el nº 1 indiscutible de taquilla en su primer fin de semana.

Fui a ver la peli de Stallone al Kinépolis madrileño, el complejo de salas más grande de Europa. "Rocky Balboa" se proyectaba en una de las "macníficas" del recinto, de las de mayor capacidad. Pues bien: era la última sesión (22:45) del domingo, y la sala estaba REPLETA de gente. Compré la entrada dos horas antes del comienzo de la sesión y sólamente quedaban algunos laterales libres y las tres primeras filas. ¿Qué quiere decir esto? Que aunque nos quieran meter el cine de Lars Von Trier con sus decorados pintados en el suelo hasta por el mismísmo ojal, son las hostias, las frases lapidarias ("nada termina hasta que no termina" ¡¡Silverio, eres un craaaaaack!!) y los personajes de toda la vida que no intentan comernos la cabeza, sino embotárnosla a base de leches para luego relajárnosla con unos cuantos acordes musicales memorables (en esta, "el potro" vuelve a subir por las escaleras del museo de arte, ataviado con el chándal gris y las "converse" de punta blanca de toda la vida mientras suena la música de Bill Conti), los que siguen interesando de verdad al público medio.

No hablo por hablar: hacia mucho que no veía al público aplaudir en una sala (creo que la última vez fue con "Abre los ojos", la de Amenábar; en aquélla, la sala estaba llena de gafapasters que daban toda suerte de explicaciones e interpretaciones a cual más gilipollesca sobre el ambiguo final de la peli, mientras el resto de flipaos con pocos años y muchos pájaros en la camocha que fuimos a verla, aplaudíamos como bestias).

En esta ocasión, la sala se vino abajo en el momento en que "Duke" (sí, sí; en ésta también sale) suelta su informe médico-traumatológico acerca del estado físico actual de Rocky y a continuación expone que para ganar al vigente campeón de los pesados pesados el potro tiene que olvidarse de técnicas ni gaitas y atenerse a soltar hostias como panes de chapata... Amigos, qué emoción. En ese momento empiezan a sonar los famosos primeros compases del tema central de la banda sonora y vemos una secuencia de montaje con Silverio a sus anchas, haciendo los mismos ejercicios absurdos a la par que emocionantes de toda la vida en el gimnasio (aquí levanta bidones y los arroja al suelo con gran mala leche... En "Rocky IV" levantaba un carromato con toda su familia subida.) Y es que, ya sea levantando un carromato o tirando de él, el cuerpo nos pide Stallone, claro que sí...

Amigos, como peli de domingo por la tarde, no puedo por menos que recomendaros este "Rocky Balboa". Emocionaros a base de las tollinas que mete el Silverio, y demostrad esos cojones y esa personalidad de anti-gafaspasta recomendándola al día siguiente a todo el mundo en clase o en la oficina, fábrica, bareto, obra, ministerio o puticlub donde trabajéis (si podéis gesticular haciendo "jabs" y "uppercuts" mientras habláis mejor, así los que os observan sin poder escuchar, podrán intuir). Daremos un paso más en la lucha anti-gaspasta.

Larga vida a Sly.